Puede que no fuéramos más
que sombras sin dueño
porque querían ser libres,
que luciérnagas a pleno sol
que querían pasar desapercibidas,
que un par de pájaros sin alas
pero con esperanzas.
Puede que no fuéramos mas
que aquel juego de niños,
anárquico y desordenado,
con las normas aún por hacer.
Forasteros fraudulentos y románticos
con los bolsillos llenos de cosas por hacer,
con una fidelidad exasperada hacia la vida,
con las pupilas de los ojos poco usadas
de tanto soñar con libertad.
Fantaseamos
con espacios siderales,
con sentimientos etéreos,
sensibilidades trascendentales.
Y nos atamos con un para siempre
que ni nosotros comprendemos.
Pues no fuimos otros que aquellos
que vieron la flor en el nenúfar,
que vieron el nenúfar en el pantano.
Y con eso nos sustentábamos.
Pues no fuimos otra cosa
que líricos y utópicos ocupantes
de un lugar demasiado vulgar,
que miradas oceánicas
en un mar muerto.
Chalados y enamorados exiliados
que no respetaron los límites incorpóreos,
que sobrevolaron por la periferia de las leyes.
Pero la edad de la inocencia quedará atrás
y con ella la intensidad y la vehemencia
de todas las circunstancias que vivimos.
Ahora que se nos ilumina el desenlace
y que la madurez y la sensatez
lo eclipsan todo con su cordura,
lo que resulta ser nuestra existencia,
tiranizada por cobardía y evasivas,
sobrellevada por los recuerdos de fantasía,
se empeña en retroceder a cuando todo
era un simple boceto de prematuros amoríos.
Tal vez fuimos demasiado intensos.
Tal vez fuimos demasiado reales.
Y ahora que en los arrabales de nuestra fortaleza
las murallas son mas impenetrables que nunca
el énfasis propio de antaño se atenúa.
¿Nos conformaremos
con meros sucedáneos?
Nuestros personajes madurarán
y aquellos idílicos ocupantes invernarán.
Sin darnos cuenta nos convertiremos
en prisioneros de los convencionalismos,
en discípulos de los compromisos.
Y antagónicamente a nuestro consentimiento
nos expolian indiscriminada y violentamente
todas nuestras sensaciones boreales.
Y fuera todo es borroso y metódico,
todo se reitera y se torna tedioso.
Puede que no queramos hacer frente a la adversidad,
que nos asuste mirar al horizonte y no ver donde acaba
y puede que a pesar de todo sigamos siendo los mismos.
que sombras sin dueño
porque querían ser libres,
que luciérnagas a pleno sol
que querían pasar desapercibidas,
que un par de pájaros sin alas
pero con esperanzas.
Puede que no fuéramos mas
que aquel juego de niños,
anárquico y desordenado,
con las normas aún por hacer.
Forasteros fraudulentos y románticos
con los bolsillos llenos de cosas por hacer,
con una fidelidad exasperada hacia la vida,
con las pupilas de los ojos poco usadas
de tanto soñar con libertad.
Fantaseamos
con espacios siderales,
con sentimientos etéreos,
sensibilidades trascendentales.
Y nos atamos con un para siempre
que ni nosotros comprendemos.
Pues no fuimos otros que aquellos
que vieron la flor en el nenúfar,
que vieron el nenúfar en el pantano.
Y con eso nos sustentábamos.
Pues no fuimos otra cosa
que líricos y utópicos ocupantes
de un lugar demasiado vulgar,
que miradas oceánicas
en un mar muerto.
Chalados y enamorados exiliados
que no respetaron los límites incorpóreos,
que sobrevolaron por la periferia de las leyes.
Pero la edad de la inocencia quedará atrás
y con ella la intensidad y la vehemencia
de todas las circunstancias que vivimos.
Ahora que se nos ilumina el desenlace
y que la madurez y la sensatez
lo eclipsan todo con su cordura,
lo que resulta ser nuestra existencia,
tiranizada por cobardía y evasivas,
sobrellevada por los recuerdos de fantasía,
se empeña en retroceder a cuando todo
era un simple boceto de prematuros amoríos.
Tal vez fuimos demasiado intensos.
Tal vez fuimos demasiado reales.
Y ahora que en los arrabales de nuestra fortaleza
las murallas son mas impenetrables que nunca
el énfasis propio de antaño se atenúa.
¿Nos conformaremos
con meros sucedáneos?
Nuestros personajes madurarán
y aquellos idílicos ocupantes invernarán.
Sin darnos cuenta nos convertiremos
en prisioneros de los convencionalismos,
en discípulos de los compromisos.
Y antagónicamente a nuestro consentimiento
nos expolian indiscriminada y violentamente
todas nuestras sensaciones boreales.
Y fuera todo es borroso y metódico,
todo se reitera y se torna tedioso.
Puede que no queramos hacer frente a la adversidad,
que nos asuste mirar al horizonte y no ver donde acaba
y puede que a pesar de todo sigamos siendo los mismos.
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